22 - Catalejo
La casona Salazar era una construcción que engañaba a la vista. Era una mansión colonial, sí, pero desde afuera no parecía tan grande, ya en el interior la perspectiva cambiaba, siendo sus altos techos de vigas uno de los detalles más sorprendía, aunque los mismos luego resultaban molestos ya que los cambios de humedad y temperatura provocaban que crujieran solitarios entre el silencio.
Me mantuve de pie por varios minutos frente a las escaleras, me vi cautivado por el gran retrato familiar que colgaba al fondo y en lo alto de las mismas escaleras, se trataba de la típica imagen familiar que la mayoría de los hogares de Áztlan tiene, con los padres sentados al frente y los hijos detrás. Sentados uno junto al otro se observaba a la abuela Isabel y al abuelo Aparicio, y justo tras ellos se veía a mamá, en medio de sus hermanos, con rasgos más jóvenes, todos en realidad. Gran parte porque se trataba de una pintura, la fotografía existía, segun tenía entendido, tan solo estaba consiente de que el abuelo la había utilizado como base para la pintura hace décadas. Para mucha gente le resultaba choqueante que una persona tan rígida de personalidad como el abuelo tuviera tanta habilidad con el oleo. En cierta forma la casona Salazar podría pasar como una galería de arte privada, no solo por las colecciones de la abuela, entre las recamaras y pasillos se veían exhibidos recuadros de su propia autoría. De niño no lo pude notar, pero ahora a mis veintitrés y con una mirada más madura podía notar como se podía apreciar el deterioro tanto físico como mental que fue desarrollando el abuelo.
Nunca lo llegué a conocer a pesar de que cuando visité el pueblo de niño aun se encontraba con vida, tan solo fue gracias a fotografías y a relatos que escuchaba tanto de mamá como de tía Susana, y por lo que entendí eran los paisajes de Zan Mar Tyn y algunos retratos lo que le gustaba pintar, estos mismos se iban volviendo extraños hasta el punto de verse surrealistas, los escenarios desérticos del pueblo se fueron llenando de figuras que incluso parecía alienigenas. Era extraño pues era una persona muy conserva y de ideas tradicionalistas. Mamá siempre decía que su carácter era aún más severo que el de la abuela.
Después de muchos minutos de observar la pintura subí por primera vez a la planta alta de la casona. De niño no me atreví a subir las escaleras ya que los ecos que rebotaban por la casa se escuchaban más fuertes en el segundo piso. Mi tío Homero me sembró la idea de que los ecos en realidad eran fantasmas merodeando por los cuartos vacíos. A pesar de la diferencia de edad no podía ignorar los escalofríos esporádicos que me daban mientras caminaba por la segunda planta, de vez en cuando miraba sobre mis hombros para comprobar que no había nada ni nadie tras de mi.
Abrí algunas puertas y comprobé que otras se hallaban atrancadas. Fuí un pendejo por no preguntarle a mamá cuál de todas era su habitación. Entre tantas historias que me llegó a contar recordé que entre las cosas que decía mencionó que tenía un balcón, solo una de las habitaciones que abrir lo tenía, y al darle una segunda ojeada pude darme cuenta de que en efecto se trataba de la antigua recamara de mamá.
Había algunas huellas recientes en el suelo, pero a exepción de eso, el polvo y las pilas de cajas amontonadas daban a entender que el cuarto llevaba mucho sin usarse. Supuse que las huella de pisadas de seguro eran de mamá del día de ayer. Pasé varios segundos observando sin saber realmente qué hacer.
En las paredes se veía lo que en algún momento debió haber sido papel tapiz lavanda o celeste, ahora se hallaba manchado, roto en algunos lugares. Los únicos muebles presentes eran una base de cama oxidada, un tocador y un librero repleto de cajas pequeñas. Incluso el aire olía a encerrado, pero por lo menos el polvo de ahí no me hacía estornudar.
Con pesar, di un vistazo a las pilas cajas en la habitación, buscar en cada una de ellas me llevaría horas, sobre todo con el hecho de que solo tenía una vaga noción de cómo debería de verse un catalejo. A lo que yo tenía entendido eran esas pendejadas de trastos que se les veía usar a los piratas en las películas.
«En serio que fui un imbécil por no preguntar a mamá dónde o qué buscar.» Me reprimí en mis pensamientos.
Refunfuñando por fastidio, tomé la caja más cercana, una de las del librero y al sacarla esta se abrió, algo rodó desde el borde y casi cae al suelo de no ser porque lo atrapé en el aire. Era un cilindro de latón gastado. El catalejo.
«Vaya suerte.» Sonreí por la ironía.
Durante un buen rato solo me la pasé ensimismado mirando el objeto, me llevó tiempo comprender cómo se usaba, se extendía, cuando lo logré también me di cuenta de que era más pequeño de lo que imaginaba. De igual forma la emoción se desbordaba de mi pecho.
Corrí las cortinas empolvadas que estuvieron bloqueando las puertas de cristal que daban al balcón. Afuera había el suficiente espacio como para tener una mecedora metálica; ya oxidada y una jardinera con tierra tan seca que ya parecía piedra.
Era evidente que nadie de la familia se molestó en darle un nuevo uso al viejo cuarto de mamá, más allá de una bodega.
Me senté en la mecedora sin dejar de mirar el catalejo, me era difícil creer que mamá hubiera olvidado algo así, siendo además uno de los primeros regalos que le dio papá.
Mi temor por romperlo era mayor a mi duda de si seguiría funcionando. Se veía caro, y en mi experiencia todo lo que se veía caro se rompía con facilidad.
Traté de divisar algo interesante en la lejanía, pero solo veía desierto, montañas, árboles y matorrales marchitos. Difuminado por la distancia se alcanzaba a ver la silueta del pueblo vecino, San Argente. Con una vista tan triste no me extrañaba que mamá conservara un catalejo como un simple adorno. Todavía manteniendo mi vista en San Argente me pregunté si alcanzaría ver hasta allá.
Con sumo cuidado, extendí el catalejo. Escuché el sutil rechinido de las laminas de latón deslizándose una sobre la otra.
Aún no me colocaba el lente sobre mi ojo cuando me percaté de un nubarrón de tierra apareciendo por la misma dirección, justo a unos cuantos kilómetros entre ambos pueblos, como un remolino que empezaba a formarse. Un fenómeno común de ver en la zona, sobre todo en climas previos a tormentas, lo que resultaba raro era que el cielo se hallaba muy despejado.
«Eso sí es interesante.» Pensé antes de levantar el catalejo y llevarlo hasta mi rostro. Pegué un brinco que casi me hace soltarlo cuando noté como mi celular comenzaba a vibrar como loco en mi pantalón. Al sacarlo vi como un montón de notificaciones no dejaban de aparecer en la pantalla. Todas las que no me habían llegado desde que partí de Palenque y dejé de tener señal. En la esquina superior derecha aparecía una pequeña barra.
—¿Qué pedo...? —susurré confundido mientras aun observaba como mi celular seguía sacudiéndose por tantas notificaciones, alcancé a ver como una de esas era de Simón, reciente, acababa de compartir un estado.
Casi de forma automática lo llamé y escuché como el celular daba tono.
—¿Miguel? —el agudo sonido de la estática me taladró el tímpano pero pude reconocer la voz de Simón.
—Ey..., hola… —me sentí como un estúpido al darme cuenta de que no tenía razón para haber hecho la llamada más halla de confirmar que tenía señal— ¿Cómo estas, wey...?
Mi vista seguía fija en el montón de tierra que se agitaba de forma cada vez más violenta. Se alcanzaba a ver como algunas ramas y piedras se elevaban volando.
—Eh... bien, trabajando… ¿No se supone que estas en el pueblo de tu madre?, habías dicho que no podías usar tu celular.
—Aquí sigo, encontré un lugar con un poco de señal, quise saludar…
—Pues... hola vato.
La coherencia y continuidad de mis palabras se perdieron en el instante en que noté un halo de luz justo en medio del nubarrón, fue como si un relámpago se hubiera producido desde adentro. La luz no desapareció, por el contrario, se fue ramificando hasta elevarse. Daba la impresión de que de alguna forma el aire se hubiera cristalizado y resquebrajado. Quedé tan hipnotizado que me olvidé de mi amigo en la línea.
—Migue, ¿estás pacheco? —preguntó Simón en tono burlesco—, deberías de racionarte mejor o te quedarás sin hierba antes de volver.
—¿Qué?, no... claro que no, estoy sobrio. Es solo que…
Las luces que hasta el momento parecían patas de araña que trataba de aferrarse de algún punto en el cielo. de pronto se plegaron desapareciendo en el interior del torbellino.
Empecé a preguntarme: si yo fui capaz de ver eso, alguien más en la casona debió darse cuenta, en Zan Mar Tyn, incluso en el pueblo vecino. A menos, claro, que otra vez fuera algo en mi cabeza, otro delirio, pero como dije a Simón, no estaba drogado como la vez de los leprosos.
De pronto me encontraba en medio de un debate mental, me disputaba entre bajar disparado y avisar a mamá; a todos de los de la casona lo que estaba ocurriendo afuera, también me debatía si debía seguir con mis ojos fijos en el torbellino, la idea de que todo desaparecería si apartaba mi vista me daba pánico.
Usé el catalejo. Coloqué el extremo angosto sobré mi ojo derecho y cerré el contrario, ahí estaba, la monstruosa tolvanera. Comprobarlo no resultó nada tranquilizador.
Durante el tiempo que pasé mirándolo no se movió en ningún momento, continuó en su mismo sitio sin desplazarse.
—Oye, bro… —la voz de Simón me jalo de nuevo al presente—, sabes que siempre es un placer hablar o permanecer en silencio contigo, pero te digo, estoy en el trabajo.
No logré escuchar ni la mitad de sus palabras pues algo me aturdió, una onda sónica que sentí llegar desde el torbellino, aunque el único que pareció afectado fui yo pues caí arrojado al suelo, los vidrios de la casa ni siquiera vibraron.
—¿Miguel?
Me levanté y volví a mirar por el catalejo, lo hice justo a tiempo para ver lo que salió del interior del vendaval, dos figuras que parecieron aterrizaron una después de la otra, un hombre y una mujer.
—¿Qué…?
—Oye, en serio, ya tengo que colgar, sabes que si me ven usando el celular…
—¡No, no!, ¡espera! —grité aferrándome al móvil.
—Ok…
Apreté el catalejo con tanta fuerza que se me adormecieron los dedos. No quería apartar mi vista pues no quería que se convirtiera en otra alucinación.
Pude distinguir que el hombre tenía cabello oscuro y despeinado aunque bien podía ser a causa de los vientos. Su acompañante mujer, era de cabellera castaña muy rizada. Ambos vestían un conjunto formal negro. Parecía que habían salido de algun complejo de oficinas en vez de un nubarrón de tierra.
—Vato... ¿estás bien?
—Hay... hay algo que quiero preguntarte —solté con un hilo de voz.
—Dime.
Mi mente estaba saturada de interrogantes los cuales no encontraba pies ni cabeza. Las palabras colisionaban unas con otras provocando que por instantes solo balbuceara palabras incomprensible.
—¿La hierba... puede hacer que veas… cosas? —una gota de sudor frío resbaló por mi columna.
El hombre del vendaval, quien hasta el momento se mantuvo observando su alrededor, fijó su vista en dirección de la casona. Había kilómetros de distancia entre nosotros, bien podría estar observando cualquier otro punto que se hallaba en la misma dirección, pero aun así sentí como si me hubiera notado.
—Estamos hablando de marihuana, ¿cierto? —preguntó Simón.
—Si...
La risa de Simón se oyó tan fuerte que tuve que alejar mi celular de mi oído.
—Miguel, no mames, ¿te metiste peyote o qué?, sabes bien que la mota no puede hacer que alucines, a lo mucho solo te da la pálida y ya. ¿Qué pedo?
Si, lo sabía, pero necesitaba escucharlo de alguien. Aunque en vez de tranquilizarme me alteró más, significaba que no había explicación para todo lo que he estado viviendo.
Bajé mi cabeza y cerré los ojos con fuerza. Sentí como las lagrimas causadas por la resequedad del aire se formaban tras mis párpados. No me resultó sorprendente para nada que al levantar mi cabeza el remolino y las dos personas de antes habían desaparecido.
La estática en la llamada de pronto se volvió ruidosa, era difícil entender a Simón.
—Amigo... ¿en serio estás bien? —preguntó preocupado.
—Si… bueno… Es solo que... el día de ayer y hoy han sido días muy raros, no sé ni cómo explicarlo.
Un sonido agudo salió de la línea provocando que de nuevo tuviera que alejar el celular de mi oído.
—Miguel, se está perdiendo la señal. Si puedes llámame en la noche de nuevo, ¿ok?, o cuando puedas.
La llamada se cortó y el celular mostró una vez más el símbolo de que estaba fuera de línea.
Los segundos se convirtieron en minutos en los que seguí de pie en el balcón, congelado. Seguí mirando fijo viendo como el torbellino de tierra se iba difuminando. Y todavía sentía la vibración residual que dejó aquella extraña explosión.
En cierto momento no hubo rastro de tan extraño evento climático, ni de esas dos personas. O eso creía pues de pronto, como si un manto invisible hubiera sido descubierto volvían a estar ahí, junto con alguien más, un tercer desconocido que se me hizo perturbadoramente familiar, un chico semidesnudo portando alas y aureola que le hacía frente al hombre de cabello negro y a su compañera. El chico disfrazado de ángel sostenía algo en su mano con el que apuntaba al hombre de traje, su compañera de cabello rizado aferraba algo en sus manos tras él, algo que a pesar de la distancia y las manchas en la lente pude reconocer, un arma. Había gente armada cerca de Zan Mar Tyn.
«¿Narcos?» Me pregunté, aunque el siguiente hilo de pensamientos me provocó más ansiedad «¿Nos están invadiendo?». Bien lo decían los expertos en políticas y relaciones extranjeras, Columbia o algún otro país que participaba en las guerras se iba a hartar de que Aztlán siguiera manteniéndose tan neutro, tenemos demasiados recursos que podrían servir a otras naciones. En definitiva tenía que bajar y avisar a mamá.
Guardé el catalejo en uno de mis bolsillos.
Estaba por salir pitando del balcón cuando algo me hizo mirar hacia abajo, la sensación de una mirada. Había cuatro personas en el jardín, dos hombres y dos mujeres, una de ellas también demasiado conocida para mi gusto. Era la rubia que se me ha estado apareciendo, ahí estaba debajo viéndome con esos ojos que recordaban a las luces de bengala. Aún portaba sus alas y aureola metalica, y esa gasa blanca por ropa que los fuertes vientos le tenían con los pechos descubiertos, pero no parecía afectarla. Tras ella sus tres acompañantes compartían la misma vestimenta, la única diferencia es que ellos veían hacia el horizonte, en dirección del mismo lugar donde momentos antes estuvo el torbellino. Los tres se aferraban a la barda metálica que delimitaba el rancho Salazar. A una parte de la barda le faltaba una varilla, casi parecía que esta misma había sido arrancada a la fuerza por el aspecto deformado del metal que tenía esa zona. No recprdaba que estuvieran ahí abajo cuando salí al balcón, tampoco cuando estuve al teléfono con Simón.
Los ojos llameantes de la rubia volvieron a llamar mi atención hasta verme cegado por ellos. Sentí un ardor derramarse por mis ojos, en cierto punto no vi otra cosa que no fuera un mar blanco. Cerré mis ojos con fuerza varias veces, incluso los tallé con mis manos, pero la blancura no desapareció.
El dolor y miedo duró poco pues fueron reemplazados por una calma sublime. Mi corazón recuperó su ritmo, y cada músculo en mi cuerpo se fue relajando. Olvidé por completo el lugar y el tiempo en el que estaba. Era como si las emociones en mi cerebro hubiesen sido reiniciadas hasta no dejar nada más que serenidad.
«Están aquí... La cofradía» Escuché decir a la chica desde el interior de mi cabeza, con una forma tan armoniosa que solo podría comparar su sonido con el de un coro de iglesia. «Ya que has decidido no irte, tal vez deberías buscarlos».
Me sentí ligero, me sentí liberado, me sentí capaz de flotar hasta el infinito. En lo que para mi parecieron eones de calma, fui transportado de vuelta a la realidad gracias a la voz de mi hermano.
—¡Migue! —me gritó Rafa desde abajo—, ¿qué haces?
Me levanté y sacudí mi ropa sin razón alguna. Sentí mi corazón dar un vuelco cuando me i cuenta de que había estado estirándome fuera del balcón, tenía un solo pie en puesto en el suelo y el otro lo había llevado fuera de la terraza, como si tuviera la intención de saltar. Mi garganta se contrajo con la idea.
—Yo... solo… veía el paisaje —carraspeé enderezándome, tratando de fingir que no pasaba nada ni que toda la sangre de mi cuerpo se había ido a mis pies.
Rafa observó el panorama desierto a sus espaldas, por supuesto que no iba a darse cuenta de los ángeles de antes ni del torbellino de tierra, lo que si vio fue la reja rota, pero como buen niño de su edad no pareció importarle. Volvió a levantar su mirada hacia el balcón donde yo seguía.
—Oye, mamá quiere que bajes, nos van a mostrar los cuartos donde vamos a dormir.
—Ya voy —respondí dando un rápido vistazo al horizonte. Trate de encontrar algún rastro en las nubes, alguna luz, …ángeles, nada.
Mi hermano me dirigió una extensa sonrisa antes de perderse bajo de mí, en el interior de la casona.
Hasta ese momento no me di cuenta de que mi pulso y respiración estaban acelerados. Volví a sostenerme de la orilla del balcón mientras con esfuerzo llenaba de aire mis pulmones.



Great chapter